La charca
Tras una larga noche, agotado, decidí que era un buen momento para volver a casa. Por desgracia, había estado bebiendo demasiado y no caminaba muy derecho, con lo que acabé perdido en lo que al principio creí que era un parque urbano, pero que resultó ser un enorme y frondoso bosque mágico.
Tras mucho tambalearme y dar muchas vueltas, sin saber muy bien por dónde quedaban ni el sur ni el norte, decidí que lo más razonable sería caminar en línea recta. Al cabo de un tiempo, que se me hizo muy largo, se abrió un enorme claro ante mí. Y en el medio del claro, una enorme charca, casi como un lago, donde me pareció entrever, a la luz del amanecer incipiente, multitud de animales de todos los tamaños y colores, todos ellos bebiendo de la charca, y cuando no bebían me pareció que filosofaban entre ellos.
En ese momento noté que pasaba por mi lado como una sombra. Acongojado, volví lentamente la mirada, y vi que se trataba en realidad de un cuervo negro como una noche sin luna. El cuervo caminaba hacia el charco, solemne y con el ceño permanentemente fruncido.
–¿Qué tal todo, señor Cuervo? –pregunté rápidamente.
–¿Qué tal todo? ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Acaso te mofas de mí? ¡Nada está bien! ¡Nunca nada ha estado bien! ¡Ni lo estará!
Me quedé pasmado, no sabiendo lo que decir. El Señor Cuervo se me quedó mirando un rato y con cara de mucha molestia, continuó:
–Me parece que todos somos como vapor que aparece por un tiempo y luego se desvanece y se va. La Naturaleza que nos pare es la misma que nos mata. Y si sobrevivir en la memoria de tus seres queridos te sirve de algún consuelo… ¡ja!, recuerda que ellos y sus memorias también han de morir luego. La vida es muy corta, y cuando arrimo la oreja a cada instante, cada instante me amenaza con ser el último. ¡Qué fastidio!
–¡Vaya! –respondí sorprendido–, en ese caso quizá la muerte sea un consuelo…
–¡Pero qué tonterías dices, humano! ¡Ningún ser vivo quiere la muerte! La vida nos mata, sí, pero nos quiere vivos, si acaso para poder torturarnos con su promesa fulminante. ¿Y a quién importa todo esto? ¿No te dan ganas como de pensar en otras cosas y alejarte de mí? ¡Las verdades duelen! ¡La vida es miserable, y no hay más remedio que vivirla!
Vi que el cuervo se agachaba entonces y recogía un poco de agua con su pico.
–¡Qué asco de agua! Toda insípida y sin propósito. ¡Y al cabo de un rato volverá la sed, y otra vez tendré que agachar el gaznate y beber! ¡Oh, tortura interminable y única experiencia posible! ¡Bebo y me voy! ¡Eres un humano muy molesto, que lo sepas!
Y vi al cuervo marcharse tan sombrío como vino, y refunfuñando todo tipo de cosas cada vez que se cruzaba con otro animalillo.
En ese momento sentí como tiraba algo de mi pantalón, delicadamente. Miré hacia abajo y vi una ardilla con los ojos muy despiertos y llenos de alegría. Me miraba muy curiosa, y su sonrisa enorme presentaba dos enormes dientes muy blancos, que deslumbraban.
–¿Qué tal, señora Ardilla? ¿Cómo va todo?
–¡Mejor que nunca! Y me alegro mucho de que me preguntes, porque me parece que la alegría se multiplica cuando se comparte, ¡y yo me siento muy alegre! ¡Celebrémoslo, entonces, bebe conmigo!
–Sí, pero verá, señora Ardilla, es que ando un poco perdido…
–¿Pero qué tonterías dices, amigo humano? –me interrumpió–. ¡Estás aquí, en la charca! ¿No lo ves? ¡Te he encontrado! ¡Más motivo aún para beber conmigo! ¡Bebamos!
–Bueno, bueno… –me agaché a beber agua, no queriendo ofender a la ardilla.
–Pero qué rica está el agua, qué sabrosa, qué refrescante, qué lujazo… –murmuraba la ardilla después de cada sorbo.
–Señora Ardilla, ¿conoce usted al señor Cuervo? Me lo he encontrado antes…
–¡Pues claro que lo conozco! ¡Qué magnífica persona, qué hermosura de color, y qué ceño tan fornido!
–Es que yo lo he notado como preocupado… bueno, honestamente, me pareció que se sentía algo triste.
–¡Tonterías! ¿Por qué motivo habría de estar nadie triste?
–Algo dijo sobre la muerte, el sufrimiento, las necesidades y las penas…
–¡Pero qué bellas palabras! ¡Y qué bien suenan en tu boca! ¡Me vas a hacer llorar de alegría! Debes estar confundido, humano, déjame que te explique: nacemos a la vida, sí, ¡qué gran suerte! Y eso no es todo, los más suertudos de entre nosotros, incluso se dan cuenta de que están vivos. Doblemente afortunados somos, si me preguntas. Es cierto que nos caemos a veces y nos hacemos daño, pero observa, espera un tiempo y, como por arte de magia… ¡se cierran las heridas! ¿Te das cuenta? Nuestro cuerpo se repara solo, respira por su cuenta, ¡funciona la mayor parte del tiempo! Te vas a dormir cansado por la noche, y te levantas como nuevo, y no te faltan ni un brazo ni una pierna, ¡con la misma cabeza sobre los hombros! ¡Increíble, qué maravilla! ¡La naturaleza te quiere vivo y contento! Así, gratuitamente, sin pedirte nada a cambio… ¿Y qué son las necesidades, dices? ¡Qué es la sed sino una magnífica oportunidad para volver a gozar del agua! ¡Pero qué interesante conversador eres! Me voy, humano, ¡me has dado ganas de buscar a otros conversadores tan magníficos como tú! ¡Hasta luego!
Y vi la ardilla marcharse dando muchos brincos, y me pareció que sonreía todo el rato, y cuando no sonreía, se reía a carcajadas… Pero yo, todavía perdido y algo hinchado de beber agua, decidí que era un buen momento para buscar un lugar seco donde sentarse y reposar. Y, justo en el momento en que dejé caer mis posaderas sobre un tronco, levanté la vista y vi una grulla gris que me miraba fijamente, inexpresiva:
–¿Qué tal señora Grulla?
–Ni bien ni mal.
–Ah… me alegro, me alegro… –no sabía muy bien lo que responder.
–¿Te alegras? No debes ser muy disciplinado, por lo que veo. ¿Acaso eres uno de esos que sufre cuando se hace daño o se alegra cuando está sano? Te dejas llevar, en definitiva, como una veleta, ¡para donde sople el viento! Qué poca seriedad, qué poco fiable…
–Vaya, siento que se haya llevado usted tan mala impresión…
–¡Humano! ¿Acaso soy yo tu señora y tú eres mi esclavo? ¿Son tus emociones mi perrito faldero? ¿Por qué te sientes de una forma u otra, según mis impresiones o las de cualquiera, sobre ti o sobre cualquier cosa? Puesto que eres, emocionalmente, como un cachorrillo lloroso e inquieto, permíteme que te dé un consejo: ¡átate a ti mismo, y átate en corto! No te des nunca demasiada cuerda y, sobre todo, no cedas tus riendas a nadie, ¡ni a nada! Evita los placeres, porque mañana los echarás de menos. El más dulce néctar que tengas la oportunidad de beber hoy, trágalo sin saborear, porque mañana tendrás que beber de la ciénaga, y te costará menos. Y ahora me voy, porque quiero.
Y vi a la grulla marcharse, ni muy lenta ni muy rápida, pero con un aire muy digno. Y no acabando aún de digerir las palabras de la grulla, vi que pasaba por delante de mí un lagarto muy mono.
–Hola humano. No se ven muchos de tu especie por aquí. ¿Acaso andas perdido?
–Así es, señor Lagarto.
–Pues nada, tan solo sigue la orilla más cercana hasta que encuentres un riachuelo; si sigues el meandro durante un par de horas, volverás al mundo de donde viniste. ¡Que te vaya bien, humano!
–Espere señor Lagarto, un momento…
–¿Sí?
–El resto de los animales que me he encontrado me han hablado sobre su forma de ver la vida…
–Ya veo, ¿y quieres que te hable yo de la mía?
–Bueno, ya que estoy aquí en la charca…
–Humano, antes de contestarte, permíteme una pregunta: ¿por qué te interesa conocer lo que otros piensan?
–Bueno, creo que a veces se encuentran buenas pistas, buenos consejos, en lo que dicen otros, en línea con aquel dicho: el sabio aprende de los errores ajenos.
–Tiene sentido, ¿y qué has aprendido hasta ahora?
–Del señor Cuervo, que la vida es indecible sufrimiento y tortura, y que solo cabe sufrirla hasta la muerte. De la señora Ardilla, que la vida es fuente inacabable de gozo, y que toda adversidad es una oportunidad para la alegría. Y de la señora Grulla, que es preciso evitar el gozo y el sufrimiento y vivir eternamente impasibles y contentos, pero no demasiado.
–Y de mí, ¿has aprendido alguna cosa?
–¡Nada!
–¿Seguro?
–Bueno, el camino a casa…
–¡Que no es poco! Te voy a ser sincero, humano. Yo tengo una filosofía también, a veces parecida a la del Cuervo, a veces a la de la Ardilla o a la del Topo, a la del Gato… ¡ya ves! Me parece que cambia con el tiempo, y si cambia es que no es perfecta, y si no es perfecta y está equivocada, ¿por qué compartirla? Pero una cosa sí tengo clara: que andas perdido, y por allí es por donde se vuelve. ¡Buen viaje!
Y se marchó el lagarto sin decirme qué es lo que pensaba realmente, o quizá no pensaba nada, pero al menos ahora sabía cuál era el camino a casa, y reflexionar sobre las conversaciones que había tenido a orillas de la charca hicieron el camino de vuelta mucho más ameno.